LA ESPAÑA LLENA
bajo la lupa de la España
VACIADA
La dicotomía entre la España superpoblada y la España despoblada refleja un desequilibrio territorial que pone en riesgo el futuro del planeta. La coexistencia de vastas regiones deshabitadas junto a núcleos urbanos caóticos y malgastadores de recursos evidencia una forma insostenible de ocupar y gestionar el territorio nacional.
POR CARLOS TUNDIDOR
Si pormenorizamos las provincias atribuidas a la España llena, o superpoblada, por decirlo de manera más correcta, habrá casos en los que parte de su superficie, también, quedarían afectadas, seriamente, por el fenómeno de la despoblación. En el cómputo global, habría que añadir superficie a esos más de trescientos mil kilómetros cuadrados de la vaciada. Realmente, más del setenta por cien del territorio estaría aquejado por la despoblación. Siempre, lo que no es exacto, aceptando el supuesto de que esas provincias fueran de densidad uniforme. Si se le añade el hecho de que, en varias provincias sobrepobladas, los ciudadanos se concentran en ciudades y en franjas costeras nos convenceremos, fácilmente, de que la despoblación es un fenómeno que causa y causará graves desequilibrios al conjunto del país. Cada vez mayores. Ahora, estudiemos el reverso de la moneda, el fenómeno contrario: la sobrepoblación en nuestro país.
Una buena parte del personal, treinta y cinco millones de almas, redondeando, se apelotonan en una franja mediterráneo/atlántica. Las franjas costeras pertenecientes a las provincias de Gerona, Barcelona, Tarragona, Castellón, Valencia, Alicante, Murcia, Almería, Granada, Málaga, Huelva, Cádiz, Coruña, Pontevedra, Asturias, Cantabria, País Vasco y las islas Canarias y Baleares, concentran más de la mitad de la población. Si le añadimos los hinterland de Madrid, Sevilla, Valladolid y Zaragoza, la población de este escaso veinte por cien del territorio concentra, realmente, cerca de cuarenta millones.
Algunos estudiosos de la ordenación territorial, plantean que, lo que llamamos urbes, es la manera más barata, en el sentido ecológico, de acondicionar el territorio y a las gentes de aquellos. Que, una gran ciudad de un millón de habitantes, dispone de las redes de tuberías, transportes, servicios de basuras, CO2 emitido, menores que la suma de diez ciudades medias de cien mil personas. No solo eso, sino que, en el futuro cercano, ese será el modelo de habitabilidad que se deberá plantear en lugares como África o Asia en donde la realidad es, todavía, en mucha parte, rural.
«Las franjas costeras y los hinterland de Madrid, Sevilla, Valladolid y Zaragoza, 20% del territorio, concentran cerca de 40 millones de habitantes, más del 83% del total de la población de España»
Un Siglo de Crecimiento y Migración en Aragón: Del Campo a la Ciudad
Desde 1900 hasta finales de los años 50, la población aragonesa crece en términos absolutos, aunque el ritmo de este crecimiento disminuye de forma progresiva.
En los primeros 20 años del siglo XX, el incremento anual promedio en Aragón fue de 5.000 personas. Sin embargo, para la década de los 50, esta cifra se reduce drásticamente a unos 854 habitantes al año. Esta evolución se debe principalmente al descenso de la natalidad y al aumento de las tasas de mortalidad que siguieron a la posguerra. A partir de los años 60 y 70, el crecimiento poblacional se reactiva, con un promedio de más de 4.900 nuevos habitantes por año en estas décadas.
Durante los años 60 y 70, el éxodo campo-ciudad alcanza su punto máximo. Zaragoza se convierte en un polo de desarrollo y, entre 1960 y 1981, su población aumenta un 89%, pasando de cerca de 300.000 habitantes a casi 570.000.
Este crecimiento poblacional se debe a las migraciones desde el medio rural aragonés y otras regiones de España, además del aumento de la natalidad asociado a estos movimientos migratorios.
Mapa de variación porcentual de población entre 1900 y 2012 de Aragón
Un Siglo de Crecimiento y Migración en Aragón: Del Campo a la Ciudad
Desde 1900 hasta finales de los años 50, la población aragonesa crece en términos absolutos, aunque el ritmo de este crecimiento disminuye de forma progresiva.
En los primeros 20 años del siglo XX, el incremento anual promedio en Aragón fue de 5.000 personas. Sin embargo, para la década de los 50, esta cifra se reduce drásticamente a unos 854 habitantes al año. Esta evolución se debe principalmente al descenso de la natalidad y al aumento de las tasas de mortalidad que siguieron a la posguerra. A partir de los años 60 y 70, el crecimiento poblacional se reactiva, con un promedio de más de 4.900 nuevos habitantes por año en estas décadas.
Durante los años 60 y 70, el éxodo campo-ciudad alcanza su punto máximo. Zaragoza se convierte en un polo de desarrollo y, entre 1960 y 1981, su población aumenta un 89%, pasando de cerca de 300.000 habitantes a casi 570.000.
Este crecimiento poblacional se debe a las migraciones desde el medio rural aragonés y otras regiones de España, además del aumento de la natalidad asociado a estos movimientos migratorios.
Mapa de variación porcentual de población entre 1900 y 2012 de Aragón
Zaragoza, 2024. El corazón de Las Fuentes en Zaragoza, con 43.698 hab./km², concentra el doble de habitantes por km² que los de los barrios más superpoblados de Berlín, o el triple que los de los de Milán o Londres.
Probablemente, dentro de un modelo ideal pero irreal, quizá tengan parte de razón. Pero, dejando aparte la calidad de vida, la relación del hombre con lo natural, la masificación y la conversión de las personas, inmersas en esas grandes urbes, en algo irrelevante, estos arquitectos y ordenantes del territorio olvidan −opino que, de buena fe− que estos modelos ideales no tienen nada que ver con la realidad de esas grandes ciudades.
La megalópolis, esté en cualquier punto del planeta, da lugar a inmensos territorios favelizados, a un caos inmenso en la relación del hombre con el trabajo y los servicios; caos en forma de desastres circulatorios sin ir más lejos. Gastos brutales e innecesarios de energía, contaminación acústica y lumínica a niveles aberrantes, grandes diferencias económicas entre sus habitantes, inmensos vacíos interiores que dan lugar a que los costos se disparen en servicios tan básicos como el transporte, las basuras o, incluso, las propias redes de agua y electricidad.
«Más del setenta por cien del territorio estaría aquejado por la despoblación»
Todas estas realidades ya existen en cualquier ciudad de más de un millón de habitantes —no hace falta ir a las urbes monstruosas tipo Nueva York, Calcuta o Buenos Aires—, no son figuradas, como tampoco lo son los atascos, las pérdidas de tiempos, los barrios dormitorio, la marginación de centenares de miles de sus habitantes, la mala calidad de vida incluso de los centros de tales ciudades, el caótico transporte, las contaminaciones de todo tipo, el aumento brutal de cierto tipo de enfermedades…
Es difícil, viendo la boina contaminante, los atascos de las M-30, M-40, M-50, o la futurista M-60 madrileñas, pensar en algo eficiente si lo hacemos en clave de ordenación de territorio.
«Las dos Españas, presentes para nuestra desgracia en asuntos tan serios como la despoblación y el hacinamiento, son cara y cruz de una moneda»
Probablemente, dentro de un modelo ideal pero irreal, quizá tengan parte de razón. Pero, dejando aparte la calidad de vida, la relación del hombre con lo natural, la masificación y la conversión de las personas, inmersas en esas grandes urbes, en algo irrelevante, estos arquitectos y ordenantes del territorio olvidan −opino que, de buena fe− que estos modelos ideales no tienen nada que ver con la realidad de esas grandes ciudades.
La megalópolis, esté en cualquier punto del planeta, da lugar a inmensos territorios favelizados, a un caos inmenso en la relación del hombre con el trabajo y los servicios; caos en forma de desastres circulatorios sin ir más lejos. Gastos brutales e innecesarios de energía, contaminación acústica y lumínica a niveles aberrantes, grandes diferencias económicas entre sus habitantes, inmensos vacíos interiores que dan lugar a que los costos se disparen en servicios tan básicos como el transporte, las basuras o, incluso, las propias redes de agua y electricidad.
Todas estas realidades ya existen en cualquier ciudad de más de un millón de habitantes —no hace falta ir a las urbes monstruosas tipo Nueva York, Calcuta o Buenos Aires—, no son figuradas, como tampoco lo son los atascos, las pérdidas de tiempos, los barrios dormitorio, la marginación de centenares de miles de sus habitantes, la mala calidad de vida incluso de los centros de tales ciudades, el caótico transporte, las contaminaciones de todo tipo, el aumento brutal de cierto tipo de enfermedades…
Es difícil, viendo la boina contaminante, los atascos de las M-30, M-40, M-50, o la futurista M-60 madrileñas, pensar en algo eficiente si lo hacemos en clave de ordenación de territorio.
«Las dos Españas, presentes para nuestra desgracia en asuntos tan serios como la despoblación y el hacinamiento, son cara y cruz de una moneda»
Tenerife, 1935. Desde finales del siglo XIX, se estableció la primera empresa dedicada a la producción y exportación de plátanos, Fyffes, muchas mujeres trabajaron en un mercado centrado en la exportación de productos como el plátano y el tomate. La especificidad canaria está marcada por una lógica colonial que ahora comienza a desmontarse, lo que ofrece una perspectiva decolonial del mundo rural. Foto: August Tegtmeier. Deutsche Fotothek.
Tenerife, 1935. Desde finales del siglo XIX, se estableció la primera empresa dedicada a la producción y exportación de plátanos, Fyffes, muchas mujeres trabajaron en un mercado centrado en la exportación de productos como el plátano y el tomate. La especificidad canaria está marcada por una lógica colonial que ahora comienza a desmontarse, lo que ofrece una perspectiva decolonial del mundo rural. Foto: August Tegtmeier. Deutsche Fotothek.
Cartagena, 3 de febrero de 1965. Carga y descarga en el puerto de Cartagena. Foto: Sáez. Archivo: Finnish Heritage Agency.
Cartagena, 3 de febrero de 1965. Carga y descarga en el puerto de Cartagena. Foto: Sáez. Archivo: Finnish Heritage Agency.
Barcelona, 1977. Durante los años 70, Barcelona recibió una gran oleada de inmigrantes de zonas rurales de España, principalmente de Andalucía, Valencia y Murcia. Esta migración fue impulsada por la mecanización agrícola, que redujo los empleos en el campo, y alentada por el régimen franquista como una forma de reducir la pobreza rural. Pero a su vez, conformaron la clase obrera industrial que más puso en apuros al franquismo. Foto: Hansgert Lambers
Barcelona, 1977. Durante los años 70, Barcelona recibió una gran oleada de inmigrantes de zonas rurales de España, principalmente de Andalucía, Valencia y Murcia. Esta migración fue impulsada por la mecanización agrícola, que redujo los empleos en el campo, y alentada por el régimen franquista como una forma de reducir la pobreza rural. Pero a su vez, conformaron la clase obrera industrial que más puso en apuros al franquismo. Foto: Hansgert Lambers
Barcelona, 1977. »Durante el primer franquismo en el sector de la construcción se vivió un estancamiento. Pero desde mediados de la década de los 50 hasta 1974 Cataluña experimentó el mayor crecimiento de toda su historia, y por primera vez en el siglo el número de viviendas aumentó de forma más rápida que la población. Se pasó de un déficit enorme de viviendas, a los problemas de una expansión urbanística descontrolada y a la falta de equipamientos y servicios básicos para estas nuevas construcciones.» El crecimiento descontrolado de la ciudad y el “chabolismo vertical”, pág. 121. Foto: Hansgert Lambers.
Barcelona, 1977. »Durante el primer franquismo en el sector de la construcción se vivió un estancamiento. Pero desde mediados de la década de los 50 hasta 1974 Cataluña experimentó el mayor crecimiento de toda su historia, y por primera vez en el siglo el número de viviendas aumentó de forma más rápida que la población. Se pasó de un déficit enorme de viviendas, a los problemas de una expansión urbanística descontrolada y a la falta de equipamientos y servicios básicos para estas nuevas construcciones.» El crecimiento descontrolado de la ciudad y el “chabolismo vertical”, pág. 121. Foto: Hansgert Lambers.
En 1942 Florián Rey, uno de los cineastas más reconocidos del cine de la República, dirige La aldea maldita, adaptación sonora de la versión muda dirigida por él mismo en 1930. En esta versión, mucho más conservadora que la anterior por estar impregnada de la ideología del naciente régimen franquista.
En 1942 Florián Rey, uno de los cineastas más reconocidos del cine de la República, dirige La aldea maldita, adaptación sonora de la versión muda dirigida por él mismo en 1930. En esta versión, mucho más conservadora que la anterior por estar impregnada de la ideología del naciente régimen franquista.
«La relación del ser humano con lo natural, la masificación y la conversión de las personas, inmersas en esas grandes urbes, en algo irrelevante, estos arquitectos y ordenantes del territorio olvidan»
Esto, sin contar con que el propio devenir −cambio climático− del planeta o futuras pandemias como la reciente del Covid19, obligan a modificar el chip, si es que queremos sobrevivir quienes nos hemos considerado, dentro de una filosofía deísta y, en nuestro particular caso, cristiana, reyes del universo. Nos tenemos que dar cuenta que no somos más que una de esas partes y que, si queremos sobrevivir como especie, o que el Planeta siga existiendo, hemos de bajar de un pedestal tan falso como estúpido. De un pilar de barro que sustentan dioses de barro bajo la teoría de reyes del Universo, y aprender a interrelacionarnos con los demás seres vivos del planeta, con el propio Planeta, y hacerlo de tú a tú, sin falsos endiosamientos como especie.
Si todas estas advertencias: cambios climáticos evidentes, pérdidas del hábitat a pasos agigantados, pandemias víricas cada vez más frecuentes, no nos dicen nada y seguimos considerando la Tierra, y los demás seres vivos, como un instrumento para nuestro propio egoísmo, no habrá demasiadas generaciones que lo puedan soportar. No hace falta ser adivino, gurú, sacerdote o chamán, para advertir que ese mundo estará condenado a desaparecer antes del agotamiento de nuestra estrella. Lo queramos ver, o no, si es que seguimos mirando hacia el lado contrario.
«El propio devenir −cambio climático− del planeta o futuras pandemias como la reciente del Covid19, obligan a modificar el chip, si es que queremos sobrevivir quienes nos hemos considerado, dentro de una filosofía deísta, reyes del universo»
Y la dicotomía tan evidente que existe en nuestro territorio, en la parte de este hermoso planeta Tierra que nos ha tocado en suerte, albergando un territorio que, casi, está vaciado, y otro que, por el contrario, está superpoblado, es un reflejo de esa manera de vivir que no conduce, en la medida exacta y relativa del aporte de cada pieza del puzle, a nada que no sea la destrucción, cada vez más acelerada, de nuestro hábitat.
Porque para el planeta, para todos estos cambios mortales de necesidad que los científicos y muchas de las personas con sentido común van advirtiendo, la coexistencia de dos modelos tan antagónicos y tan perjudiciales como son mantener un enorme trozo del territorio desierto, sin capital humano, con una pequeña parte de él sobrepoblado, caótico, malgastador de recursos, potenciador de los desequilibrios de todo tipo: económicos, humanos, de valores, ecológicos, de medio ambiente…, no puede ser más que una manera de legar a nuestros descendientes, a los pocos que tendremos, un Planeta sin futuro.
«Si cambios climáticos evidentes, pérdidas del hábitat a pasos agigantados, pandemias víricas cada vez más frecuentes, no nos dicen nada y seguimos considerando la Tierra, y los demás seres vivos, como un instrumento para nuestro propio egoísmo, no habrá demasiadas generaciones que lo puedan soportar»
«Un territorio que, casi, está vaciado, y otro que, por el contrario, está superpoblado, es un reflejo de esa manera de vivir que no conduce, en la medida exacta y relativa del aporte de cada pieza del puzle, a nada que no sea la destrucción, cada vez más acelerada, de nuestro hábitat»
Dicho de manera más suave, esas veintitantas provincias al margen del problema de territorio vacío, pero corregidas por esos espacios sin gentes que, también, existen en ellas, ocupan poco más del veinte por cien del territorio, unos 130.000 kilómetros cuadrados, y su población, a bote pronto, puede superar, hoy, el ochenta por cien. Un horizonte de los cuarenta millones de ciudadanos/as poblando esta franja costera, eliminados los interiores montañosos de estas mal llamadas privilegiadas, según obsoletos estándares, provincias; veintidós en total, además de las franjas costeras de cuatro de aquellas que englobamos en las vaciadas, no es muy halagüeño.
Tharsis en Huelva, Andalucía, España. Restos de la mina abandonada de cobre, oro y plata del pueblo. En los últimos 20 años ha perido el 30% de su población, que llegó a ser, en el siglo XIX, cinco veces la actual.
Tharsis en Huelva, Andalucía, España. Restos de la mina abandonada de cobre, oro y plata del pueblo. En los últimos 20 años ha perido el 30% de su población, que llegó a ser, en el siglo XIX, cinco veces la actual.
Si todas estas advertencias: cambios climáticos evidentes, pérdidas del hábitat a pasos agigantados, pandemias víricas cada vez más frecuentes, no nos dicen nada y seguimos considerando la Tierra, y los demás seres vivos, como un instrumento para nuestro propio egoísmo, no habrá demasiadas generaciones que lo puedan soportar. No hace falta ser adivino, gurú, sacerdote o chamán, para advertir que ese mundo estará condenado a desaparecer antes del agotamiento de nuestra estrella. Lo queramos ver, o no, si es que seguimos mirando hacia el lado contrario.
«El horizonte de los cuarenta millones de ciudadanos/as poblando esta franja costera, no es muy halagüeño»
«La megalópolis, esté en cualquier punto del planeta, da lugar a inmensos territorios favelizados, a un caos inmenso en la relación del hombre con el trabajo y los servicios»
Si apuramos, será mucho más peligroso para el Planeta, para los cambios trascendentes de este con el humano, para la propia supervivencia de él y del individuo, la existencia de este espacio tan denso, inflado hasta las cachas, territorio hacinado que produce poco más que contaminación, caos, enfermedades, destrucción del medio y desequilibrios insoportables.
En nuestro país, si queremos acopiar soluciones para este gravísimo problema, deberíamos hacerlo en ambas direcciones: dotar de más capital humano a la España Vaciada, pero también ir vaciando, con un plan de medio alcance, a la sobrepoblada que no hace otra cosa más que malgastar recursos y cavar, poco a poco, palada a palada, árbol de menos tras árbol de menos, nuestra propia destrucción.
RIOGORDO, Andalucía, España. Un trabajador camina junto a la maquinaria que extrae el aceite de oliva del fruto en la cooperativa agrícola.
RIOGORDO, Andalucía, España. Un trabajador camina junto a la maquinaria que extrae el aceite de oliva del fruto en la cooperativa agrícola.
«Deberíamos dotarnos de planes a corto, medio y largo plazo para asentar, a partir de ahora y cada vez en mayor medida, industrias, medios de producción, agriculturas sostenibles, energías sostenibles, en esos inmensos territorios de lo que llamamos la España Vaciada. Vaciarlos de la España Llena»»
Los bancos abandonan los pueblos. No podemos quedarnos callados. Queremos denunciar públicamente la avaricia de los bancos. Y es que ahora en El Guijo (Córdoba), como sucede en otros pueblos pequeños de España, hacer gestiones cotidianas en el banco se va a convertir en un problema para todos sus habitantes.
"‘La ciudad no es para mí’ (1966) retrata el choque entre el mundo rural y urbano en pleno desarrollismo español. A través de Agustín Valverde, el ‘paleto amable’ que llega a una Madrid llena de prejuicios, se expone la brecha entre los valores tradicionales del campo y el desencanto de la gran ciudad. Pero bajo la comedia, late una moralina que reprende los “vicios” urbanos, mientras perpetúa una visión patriarcal de la familia: la mujer es secundaria y sumisa, como muestra Luchy, cuya aspiración a la clase alta depende de su marido, y la criada interpretada por Gracita Morales, relegada a un rol servil. En una España en transformación, la película retrata cómo el desarraigo y la modernidad impactan en la identidad rural,
"‘La ciudad no es para mí’ (1966) retrata el choque entre el mundo rural y urbano en pleno desarrollismo español. A través de Agustín Valverde, el ‘paleto amable’ que llega a una Madrid llena de prejuicios, se expone la brecha entre los valores tradicionales del campo y el desencanto de la gran ciudad. Pero bajo la comedia, late una moralina que reprende los “vicios” urbanos, mientras perpetúa una visión patriarcal de la familia: la mujer es secundaria y sumisa, como muestra Luchy, cuya aspiración a la clase alta depende de su marido, y la criada interpretada por Gracita Morales, relegada a un rol servil. En una España en transformación, la película retrata cómo el desarraigo y la modernidad impactan en la identidad rural,
Deberíamos dotarnos de planes a corto, medio y largo plazo para asentar, a partir de ahora y cada vez en mayor medida, industrias, medios de producción, agriculturas sostenibles, energías sostenibles, en esos inmensos territorios de lo que llamamos la España Vaciada. Vaciarlos de la España Llena. Son necesarios los trasvases de capital humano, necesarios y urgentes puesto que apremian las consecuencias que, salvo el que no quiere mirar, ver o escuchar, se suceden en este Universo interrelacionado. Y estos trasvases de personal, facilitarlos e incentivarlos de muchas y variadas maneras. Entre otras cosas, aplicando todos los servicios en las poco más de 2.300 locomotoras urbanas necesarias. Servicios que integren la educación, sanidad, ocio, empleo, comercio…
Por decirlo de otra manera, cada uno de esos municipios esenciales para fijar población de manera natural, debería tener empleo suficiente para una población creciente (de 1.001 a 10.000 habitantes), viviendas sociales suficientes, tiendas garantizando el comercio, actividades y establecimientos que lo hicieran con el ocio y el deporte, una educación completada con módulos atrayentes, una sanidad equipada con centros de salud con varias especialidades y servicios de traslados de urgencias y servicios descentralizados que garantizaran los habituales y básicos (desde juez de paz, hasta delegaciones de los respectivos ministerios y administraciones).
Las dos Españas, presentes para nuestra desgracia en asuntos tan serios como la despoblación y el hacinamiento, son cara y cruz de una moneda. Si malo es para el país una superficie vacía de capital humano, peor, también, el hecho de disponer de una altísima concentración de este capital en muy poca extensión del territorio.
Fragmento de un capítulo del libro (en borrador, todavía): “La España Llena. Visión desde una España dicotómica”. •
POR CARLOS TUNDIDOR.
Escritor e ingeniero químico.
Las Hurdes, tierra sin pan, de Luis Buñuel es un homenaje a los habitantes de una región azotada por el hambre, la enfermedad y la miseria.
Las Hurdes, tierra sin pan, de Luis Buñuel es un homenaje a los habitantes de una región azotada por el hambre, la enfermedad y la miseria.




